Literatura infantil en la universidad
Un apunte sobre el estatus académico de la literatura infantil.
No es del todo cómodo preguntarse sobre el lugar que ocupa la literatura infantil dentro del complicado mundo universitario. O puede que lo que voy a exponer en esta carta no pase de ser una inquietud meramente personal, escrita desde la perspectiva –no compartida por sus colegas– de un profesor universitario, pero en cualquier caso hace tiempo que me va pareciendo necesario plantearla: ¿por qué cuando hablamos de literatura en la universidad lo hacemos desde el campo de las humanidades y cuando hablamos de literatura infantil lo hacemos desde el campo de las ciencias sociales? La pregunta es simple; las respuestas que concita, puede que no tanto.
Empezaré por recordar a los lectores y lectoras de esta newsletter una anécdota que creo significativa. Cuando estudiaba Filología Hispánica en la Universidad de Granada, entre finales del siglo XX y comienzos el XXI, no es que el nombre de Carmen Bravo-Villasante no me sonara. Ya en el primer curso, en una asignatura sobre novela española del siglo XIX, leímos La Gaviota, una novela de Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber) que, dicho sea con sinceridad, no ha persistido tanto en mi memoria como el nombre de su editora. Aún debo de tener por alguna parte aquel pequeño volumen de Clásicos Castalia. Y, con toda probabilidad, no sería esa la última vez que me saliese al paso la filóloga madrileña durante aquellos años. Algunos de sus otros trabajos seguro que pasaron por mis manos, pero jamás llegué a pensar siquiera por aquel entonces que se tratase de una extraordinaria investigadora con toda una obra consagrada al estudio de la literatura infantil detrás. ¿La razón? En los estudios de Filología Hispanica, en concreto, lo más cercano a la LIJ que se mencionaba era Platero y yo, que ni siquiera Juan Ramón Jiménez consideraba una obra infantil. Para las carreras del área de humanidades, la literatura infantil ha sido históricamente invisible, sin más. Y mucho me temo que lo sigue siendo, aunque mejor dejemos ese asunto para alguna otra carta en el futuro.
Por ahora, volvamos al buen nombre de Carmen Bravo-Villasante. Desde hace algunos años, he ido reuniendo todo lo que mis medios y el mercado de segunda mano me han permitido de sus antologías e historias de la LIJ. Hay entre ellos tomos que tienen, de hecho, algún año más que yo, y también un detalle que no quisiera pasar por alto: oscilan entre la edición de bolsillo y el volumen lujosamente editado, con encuadernación de tela y una esmerada elección de las ilustraciones y el diseño artístico.1 Esto revela, a mi entender, dos facetas de una posibilidad que pudo ser y que no fue, o que definitivamente no es: por un lado, la presencia de una obra popular, con amplia aceptación en España y en Iberoamérica; por otro, un prestigio bien ganado a través del estudio cuidadoso de la literatura infantil. Hablamos de obras que, por desgracia, ya no se editan, pero que siguen representando un buen punto de partida si se quiere empezar a escribir sobre LIJ en la mejor tradición humanística. Algo, por cierto, bastante más difícil de lo que parece hoy, donde casi parece borrarse la huella de un tiempo en el que la propia Bravo-Villasante, Bettina Hürlimann, Denise Escarpit o Marc Soriano, y un poco antes que ellos Paul Hazard, se afanaban sin complejos en la escritura de sus rigurosos, eruditos, bellos, ampliamente elogiables libros sobre literatura infantil.
Desde el presente, en los años que llevo dedicados al estudio de los libros para la infancia, siempre me ha gustado utilizar la expresión «pequeño, pero infinito, universo LIJ». Cuando me dedicaba al hispanomedievalismo, lo habitual era encontrarse con un mundo bastante cerrado, en el que todo lo que se planteaba parecía quedar cercado en los dominios de una muy docta minoría recluida tras los muros de la Academia. Lo cierto es que, incluso desde la universidad, la LIJ se siente como otra cosa. No solo por la diversidad y la amplitud que la definen cuando la consideramos un campo de estudio académico, que también, sino sobre todo porque es un terreno en el que confluye una heterogeneidad de perspectivas y de figuras (mediadores, editores, autores, lectores tanto grandes como pequeños, etc.) que yo, al menos, no había conocido antes. De hecho, no me parece casual que las propuestas más innovadoras, aquellas que más interés suscitan, no sean precisamente las que provienen de la universidad. En lo que podríamos denominar industria cultural, la LIJ ha ido abriendo un espacio bastante vivo e intelectualmente sugerente, pero no veo tan claro que pueda predicarse lo mismo del campo académico.2 Y aquí es donde no me queda más remedio que adentrarme en la parte de esta carta en la que comienzo a tirar piedras contra mi propio tejado.
¿Por qué? En la universidad, o por lo menos en la universidad tal y como está establecida en este momento, la LIJ no parece tener cabida dentro del área de las humanidades, sino solo dentro de la de ciencias sociales. La razón de que así suceda es que su abordaje académico se produce en el marco de una de las llamadas didácticas específicas, la didáctica de la lengua y la literatura, lo que –no se me entienda mal– significó en su día un logro indiscutible de los pioneros de tal área, pero también la consagración de un problema que históricamente ha lastrado, de forma más o menos abierta, la propia idea que tenemos de los libros para la infancia: el del didactismo como componente supuestamente intrínseco que los define.
Esto, se quiera o no, limita mucho más de lo que parece las posibilidades de la investigación académica sobre literatura infantil, porque aboca a quienes la abordamos desde las aulas universitarias a no hablar de literatura, sino todo lo más de didáctica de la literatura. Y a hacerlo siempre en las carreras llamadas de educación o de magisterio. Nada hay de malo en ello, y yo admito que con el tiempo he llegado a sentirme cómodo haciéndolo, pero me sigue pareciendo que algo no acaba de encajar del todo en la reducción de la investigación y la docencia sobre literatura a los protocolos de las ciencias sociales. Tal cosa, sin más, no se produce con otra categoría de literatura que no sea la infantil, la cual parece quedar una y otra vez confinada al ámbito de lo escolar, lo didáctico, lo instrumental y lo educativo dentro de las aulas universitarias. Ello explica que, en investigación, hoy por hoy, sea mucho más fácil publicar una revisión bibliográfica, de escritura indigesta y que envejecerá a los dos días sin llegar a ser de verdadera utilidad para nadie, que desarrollar teoría crítica a partir de un material que brillaría si hubiese más espacios en los que abordarlo desde esta segunda perspectiva. Al haber ido desapareciendo estos, a mayor gloria de las métricas de impacto y calidad investigadora, la gran paradoja ha residido en que llevamos décadas en las que ya no es que sea más fácil aportar más paja que grano, sino que parece de todo punto imposible proponer algo que pueda salirse un ápice del clónico esquema «introducción-método-resultados-discusión-y-conclusión», metido en ocasiones tan con calzador por exigencia de las revistas académicas, me temo, que acaba por resultar ridículo.
Ojalá, y me refiero al terreno de la investigación y la docencia universitarias, hubiera espacio para narrativas más seductoras, argumentos más persuasivos, erudición más alegre, textos de mayor alcance en el tiempo y mejores oportunidades para abordar más a menudo la literatura infantil como una herramienta para el cuestionamiento. Ojalá más protagonismo para las ideas que para los datos.3 Ojalá las editoriales universitarias considerasen imperativo contar con colecciones de buenos estudios humanísticos sobre literatura infantil.4 Ojalá en las filologías y en las carreras de estudios literarios se viese literatura infantil como se ve en algunas carreras adscritas a las ciencias sociales. Y ojalá en esas mismas carreras adscritas a las ciencias sociales se valorase algo más lo que podrían aportar las filologías si se tomasen en serio la literatura infantil.
Ojalá, qué sé yo, más Carmen Bravo-Villasante y menos Yubero & Larrañaga (2015).
Los dos tomos de Literatura Infantil Universal, publicados por la editorial Almena en 1978, son un ejemplo de cuidado en la edición y esfuerzo por ofrecer a los lectores un material primorosamente escrito y tratado.
Los ejemplos son muchos y me temo que soy injusto al citar solo unos pocos, pero ahí están, entre otras, las iniciativas de la Asociación Âlbum, los cursos de AEDA o emprendimientos particulares tan apetecibles como los de El Sitio de las Palabras o la Wonder Ponder Academy.
Que no, nunca matan al relato; es más bien el relato el que hace que los datos tengan sentido.
Elogiemos aquí tantas veces como haga falta la invaluable colección Arcadia, del sello Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, verdadera excepción a la norma.



