El viaje de Otto
Que es en realidad una forma de denuncia de una situación intolerable.
Hará unos tres años, mientras me saltaba una mañana de congreso en el CEPLI, hallábame en la bella ciudad de Cuenca buscando un regalo para mi hijo. Siguiendo mi costumbre, escudriñé un poco las reseñas de jugueterías en internet, como suelo hacer para informarme acerca del comercio local y evitar así acabar en establecimientos de cadena del tipo que podría encontrar lo mismo en Granada que en Nueva York. Eso fue lo que me llevó a la preciosa ¿Jugamos?, un local pequeño, situado en pleno corazón del centro de la capital conquense, en el número 2 de la calle Hurtado de Mendoza. Si, como a mí, os gustan las jugueterías y os gusta Cuenca, no dudéis en visitarlo. Aún no se me ha olvidado la afabilidad de la mujer que lo regentaba. Ni tampoco lo que me dijo cuando le alabé el catálogo: «aquí procuramos tener cosas que sirvan para desarrollar la imaginación, que sean bonitas y que estén pensadas para durar». Hace mucho tiempo que pienso en cuánto me gustaría escribir un ensayo que llevase por título Elogio del juguete de madera, pero como soy demasiado perezoso, y además me sobran proyectos imaginados y, más todavía, obligaciones inimaginables, no creo que llegue a hacerlo nunca.1 Si me animase, tendría que recordar que el 22 de marzo de 1930, en un espacio semanal que tuvo durante un tiempo en Radio Berlín, Walter Benjamin se dirigía, al público infantil del siguiente modo:
No es casual que los pueblos de donde vienen estos juguetes se encuentren en las profundidades de los bosques de Turingia y Bohemia, donde los largos días de invierno, en los que todo tránsito por las carreteras cubiertas de nieve y los desfiladeros helados quedaba detenido, los campesinos y artesanos que en las estaciones más cálidas vivían de ese tránsito se veían obligados a mantenerse ocupados con otras cosas. Como la madera era abundante, se dedicaban a tallarla con verdadera afición.2
El caso es que, casi un siglo después de que Benjamin locutase esto, aquella estupenda juguetera me acabó de dar las claves en torno a las cuales debería articular el elogio: la madera como materia prima de la imaginación, como depositaria de la belleza de la tradición y como símbolo del tiempo sin ataduras, lo que en verdad chocaría bastante con mi propia experiencia.
Y chocaría, la verdad, porque no solo no me recuerdo de niño teniendo juguetes de madera, sino además porque creo que me hubieran hecho sentir decepcionado. Crecí en un mundo donde algunos de los productos del supermercado de mi barrio llevaban impreso en el envase el reclamo de «¡Anunciado en televisión!», como si este les confiriera de un modo automático un marchamo de calidad indiscutible. Crecí, en definitiva, en el momento en el que la infancia comenzaba a ser considerada el sujeto radical de la sociedad de consumo, y también su objeto, su producción más lograda. Cualquier cosa que no hubiera visto en la pantalla llevando a cabo acciones imposibles para un ser inerte, cualquier mecanismo que no tuviera luces, sonidos o pilas me hubiera parecido de segunda categoría. Y es que cualquier objeto deseable, por aquel entonces, hubiera ido en sentido contrario a lo que acabo de exponer: imaginación limitada por las funciones automáticas de los mecanismos, sobreabundancia de materiales vulgares como el plástico y una evidente predisposición de tales objetos para ser usados y olvidados son los síntomas de ello.
No es que la cosa, la verdad, haya cambiado a mejor en estos tiempos en los que esta teniendo lugar la infancia de mi hijo, pero su madre y yo sí somos más conscientes de según que cosas. Mi pequeño apenas sabe que existen los canales de televisión, pues rara vez los vemos, ni con él ni sin él, y desde que vino al mundo ha visto cómo la casa se ha ido llenando de juguetes de madera. Si los aprecio ahora como nunca antes, sin duda se debe a que mi hijo va cumpliendo años sin dejar de volver de modo recurrente sobre ellos. La madera, comprendo ahora, está hecha para durar toda una infancia. Eso sí, aunque me venga bien como símbolo, lo cierto es que no tiene la exclusiva en este microcosmos familiar: un mundo habitable también está lleno de objetos de tela, arena, piedra y cartón. Un mundo civilizado es un mundo animal, mineral y vegetal. No me extrañó nada, por tanto, que hace tan solo unas semanas, tras encontrarse mi mujer en el extranjero afrontando una situación en extremo delicada, me telefonease haciéndome una petición para su regreso: necesitaba un peluche. ¿A alguien le extraña?
A mí no, porque los peluches forman parte de eso que Sheldon Cashdan, en su extraordinario La bruja debe morir, llama «objetos transicionales».3 Estos representan el deseo natural del niño por conectar con una fuerza amorosa y poseen el mágico poder de entregar amor, salvando incluso la distancia que va de la madre como objeto externo a la madre como presencia interior. Los «objetos transicionales», según Cashdan, actúan como defensa contra la soledad y los sentimientos de vacío, son un recordatorio permanente de que nunca estamos solos y nos retrotraen a los juguetes encantados de nuestra juventud. Quizá por eso nos siguen funcionando de adultos.
Con ellos, y más en concreto con los peluches, tiene que ver uno de los álbumes ilustrados más asombrosos que conozco, que es, desde luego, Otto. Autobiografía de un osito de peluche, del gran Tomi Ungerer.4 Cuando lo publicó en 1999, Ungerer, nacido en 1931, ya estaba en la recta final de su sexta década de vida (que no de su vida misma, que aún habría de prolongarse veinte años más). Al ser un alsaciano de educación más alemana que francesa, había conocido de niño la escuela nacionalsocialista. Otto no es sino una breve, aunque muy precisa, biografía del siglo XX que Ungerer conoció. El osito de peluche que protagoniza la historia, Otto, nació, según nos cuenta él mismo, «en un pequeño taller de Alemania», donde fue entregado como regalo de cumpleaños a David, un niño que bautizó al osito, junto con Oskar, su mejor amigo, con el nombre que lleva la historia. Cuando la familia de David, judía, fue llevada a un campo de concentración, el osito pasó a Oskar, que se aferró a él durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, tras uno de los cuales Otto acabó aterrizando, a causa de la onda expansiva de una explosión, sobre los escombros de un edificio, donde sería recogido por Charlie, un soldado afroamericano que salvaría la vida gracias a que Otto amortiguaría la bala que iba directa a su pecho. Otto se hizo famoso, salió en la prensa y acabó en Estados Unidos como regalo para Jasmin, la hija de Charlie. No obstante, un día fue destrozado por unos pandilleros y arrojado a un cubo de basura, donde lo recogería una señora sin hogar, que lo vendería a un anticuario, quien a su vez… Bueno, creo que ya he contado demasiado de esta historia. Si quieres saber el destino de Otto, no dudes en acudir –siempre hay que hacerlo– a Tomi Ungerer.5 Por ahora, me conformaré con decirte que cuando el libro acaba, Otto sigue con vida.
Más de un cuarto de siglo después de que se publicase, de hecho, quiero pensar que el osito de peluche sigue transicionando a nuevas manos en las que dar amor, paz, consuelo y protección. Otto siempre representará algo sólido a lo que aferrarse frente a los zarandeos de la historia y el azar. Y si existe algo de decencia en este mundo, que seguro que sí, quiero pensar que el viaje de Otto ahora no será sino el más inesperado y triste de todos, dados sus orígenes: con su habilidad para estar siempre donde se le necesita, el osito de peluche debe andar buscando en estos momentos el abrazo de algún niño o alguna niña en Gaza. Esta carta es la manera figurada que he encontrado de decirlo, porque, como me han enseñado los juguetes de madera, necesitamos algo de belleza ante la fealdad del mundo, siquiera para hacerlo un poco más respirable. Escrita queda, pues, aunque tampoco voy a perder la ocasión de expresarlo a las claras: mi corazón está con quienes están padeciendo el genocidio perpetrado por Netanyahu en Gaza, mi repulsa con quienes lo apoyan y mi esperanza junto a la de quienes imploran que se detenga de una vez.
Aunque no descarto en algún momento escribir una serie sobre el tema en esta newsletter. ¿Por qué no?
Benjamin se refiere a los llamados «juguetes de Núremberg», que eran pequeñas figuras pintadas de animales y hombres, hechas al principio en madera. La cita puede consultarse en Walter Benjamin (2015). Radio Benjamin. Akal, p. 74. Este volumen recoge los trabajos que Walter Benjamin llevó a cabo como narrador radiofónico entre 1927 y 1933. La edición es de Lecia Rosenthal.
Véase Sheldon Cashdan (2017). La bruja debe morir. De qué modo los cuentos de hadas influyen en los niños. Debate, en especial las páginas 130 y 148.
Alguna vez, supongo, dedicaré una entrada a explicar por qué preferiría siempre usar simplemente el término «álbum» al mucho más redundante de «álbum ilustrado», que me parece tan necesario como aludir a la lluvia como «lluvia acuosa».
Tomi Ungerer (2011). Otto. Autobiografía de un osito de peluche. Ediciones B.




Gracias Juan por esta nueva carta. Me ha enternecido todo lo que cuentas sobre los juguetes de madera y lo invisibles que son en nuestros días. Me has creado la necesidad de querer comprar en mi librería de barrio el álbum de "Otto", ¡qué maravilla! Va a ser mi autorregalo de final de curso. Seguimos aprendiendo. Un abrazo.
¡Gracias por compartir! Me ha gustado mucho descubrir este álbum. En cierto modo, me ha recordado a "The Miraculous Journey of Edward Tulaine" al ser el protagonista un juguete que pasa de unas manos a otras (y que sigue el patrón del "camino del héroe": sale del hogar, vive aventuras y vuelve al hogar -de una u otra forma- habiendo experimentado un crecimeinto y aprendizaje).