El kiosko ha sido la librería del pobre
En esta carta hablamos, entre otras cosas, de cómo los clásicos fueron de las librerías al kiosko de barrio y el tebeo a la inversa.
La frase que da título a esta carta la robo y la transcribo literalmente de un memorable pregón dado por el escritor Javier Pérez Andújar el 22 de septiembre de 2016, en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona, con ocasión de las Fiestas de la Mercè. Aquí explico por qué.

Debo reconocer que de niño leí muy pocos de esos libros del canon universal infantil que se supone abren la puerta al mundo de los sueños desde temprano. Me crie en una casa donde los libros eran escasos, reduciéndose poco menos que a las prescritos por el colegio, y donde, en el orden de necesidades familiares no figuraban nunca en los primeros puestos en la escala de los bienes imprescindibles. Me entristecería, sin embargo, que esto se entendiese como una queja, como un lamento por mi suerte o como un relato de superación. No es ninguna de esas tres cosas. Sucede simplemente que a veces no somos conscientes de los enormes logros que hemos sido capaces de alcanzar en España en poco tiempo. Mis padres, que nacieron a mediados del siglo XX (esto es, hace apenas un pestañeo en términos históricos), no solo nunca pudieron completar ningún tipo de estudios, ni obtener titulación académica alguna, sino que hoy entrarían dentro del orden de una realidad que afortunadamente hace tiempo acordamos abolir en los países democráticos y que yo no toleraría para mi hijo: fueron niños trabajadores. Exigirles según que cosas sería injusto, como justo es reconocer que, incluso sabiéndose excluidos de determinados privilegios, supieron otorgárselos a sus hijos. Algunos de los libros que cayeron en mis manos los heredé de mi hermana, unos pocos años mayor que yo. Por ese medio llegó a mí cierta edición de Platero y yo, con las tapas forradas, cuya cubierta acabó despegándose del lomo por el uso. Por más que la pegásemos, cada poco tiempo el destrozo reclamaba su derecho a volver a la vida. Así, persistente en su imperfección, la llevé incontables mañanas en la mochila, porque en el colegio donde mi hermana y yo hicimos la EGB nos hacían buscar todos los días al azar una palabra de la obra de Juan Ramón Jiménez y averiguar su significado. También el diccionario escolar –igualmente forrado, pese a ser, si no recuerdo mal, de tapa dura– acabó deshecho. Por precarios o incluso incompresibles que fueran, mis padres nunca dejaron de poner los medios básicos para la lectura, como decía. Quizá por eso, el característico forro que en los años ochenta se les ponía hasta a los libros de bolsillo, aunque absurdo, me parece todavía hoy un síntoma de cómo la generación que le dio la vida a la mía apreció y cuidó a su manera todo aquello de lo que había carecido en su infancia. Lejos de una queja, este párrafo es una forma de agradecimiento.
Por otra parte, que no hubiera demasiados libros a mi alcance en casa no significa que no me gustara leer. Como todos los niños de los años ochenta, contaba con algunos tebeos de Zipi y Zape y, sobre todo, de Mortadelo y Filemón, que eran mis favoritos. Algún que otro clásico, por supuesto, también atesoré, si bien en ediciones bastante rudas. En especial me acuerdo del trastorno que me causó la lectura del asesinato en el cementerio que presenciaba el protagonista en Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. La leí sentado sobre la cama, con esa intensidad que ya no vuelve cuando se va la infancia. Mi edición de la novela era la de una editorial de Bilbao, hoy desparecida, que por aquel entonces distribuía por los kioskos una colección de clásicos juveniles muy abreviados. Me la regaló mi vecina del piso del al lado, fallecida hace unos meses, a la que siempre he querido mucho. Por aquella época era costurera y trabajaba en casa. Como su matrimonio no había tenido hijos, pese a ser ella muy niñera, a mi hermana y a mí nos trataba prácticamente como a tales. Un buen día apareció por casa con la novelita de Mark Twain contándome que le había preguntado a uno de los quiosqueros del barrio por un libro para un niño al que le gustaba mucho leer. Y este tuvo el tino de recomendarle Tom Sawyer en aquella edición barata, en absoluto lujosa y para mí providencial. No digo que le deba mi modo de vida actual al azar de este episodio, pero sin duda sí fue un paso más en el camino que me ha traído aquí. Como escribió Pérez Andújar en el pregón que mencionaba al principio: «El kiosko ha sido la memoria del pueblo, el kiosko ha sido la librería del pobre, el kiosko ha tenido pegada a su chapa la autenticidad de la calle».1
Quizá cueste explicarle a las personas jóvenes de hoy que hubo un tiempo, no tan lejano, en que en el kiosko del barrio aguardaban, además del propio Mark Twain, Herman Melville, Charles Perrault o Robert Louis Stevenson, entre otros, junto a nuestros castizos Escobar o Ibáñez. Se podía comprar lo mismo un mechero, un paquete de chicles o de tabaco, un clásico de la literatura o un tebeo. A su modo, era un mundo atractivo, pero no lo miro con melancolía. De la dureza con la que se regían sus interioridades, dominadas con mano de hierro por la editorial Bruguera, nos han hablado pequeñas joyas de la novela gráfica actual como El invierno del dibujante, de Paco Roca, o El pacto, de Paco Sordo.2 Pocas veces se habrá concentrado esa mezcla de talento y chabacanería, de furor editor y descuido material, como lo hacía en los pocos metros cuadrados de los kioskos de barrio. Por esa vía me llegaron las primeras lecturas de lo que después he buscado con placer en librerías.
Y ya que hablamos de novela gráfica, recuerdo que esta carta es la segunda de dos dedicadas a esa etiqueta desagradable. La primera entrega la concluí con una pregunta: ¿puedes recordar una sola librería de tu ciudad, de tipo generalista y que se tome en serio su trabajo, que no tenga una sección de cómic, por pequeña que esta sea? Sé bien que la respuesta es «no». Y lo es porque a Will Eisner se le ocurrió en su momento llamar «novela gráfica» a Contrato con Dios por una razón muy sencilla: lejos de avergonzarse del cómic, y sin renunciar al entretenimiento que este proporciona, estaba convencido de sus enormes posibilidades expresivas y de su gran altura intelectual. De la misma forma que la editorial Bruguera llevó los clásicos de la literatura de la librería al kiosko, y los editó profusamente junto a los tebeos, Eisner quiso convencer a editores y libreros de la necesidad de llevar el tebeo de la comic store a las librerías, donde simplemente no estaba, por más que ahora nos parezca uno de sus lugares naturales. Y para ello se valió de un término que, no habiendo sido inventado por él, sí le servía para justificar su presencia en ellas: el de «novela gráfica». Aunque la estratagema fue inteligente desde el punto de vista comercial, lo cierto es que en 1978 a Eisner no acabó de funcionarle. Al menos aparentemente, porque hoy podemos concluir sin miedo que se trata de una de esas victorias que solo se logran con el tiempo, que se producen de manera lenta, pero segura. Con la perspectiva de cerca de medio siglo ya, no cabe duda de que la idea ha triunfado. La pregunta que nos hacemos hoy es otra y no la propongo yo: ¿los autores de novela gráfica merecen un Nobel de Literatura?3 El mero hecho de que haya alguien que se la plantee en esos términos ya indica, a mi juicio, dos cosas: que el cómic se ha prestigiado como objeto de cultura, por una parte; y, por otra, que para mucha gente esto parece haberse producido gracias a su conversión en «novela gráfica», que lo acercaría, por elevación, a la literatura. De por qué no deja de haber algo insidioso en ese planteamiento, así como de por qué estoy a favor y en contra del término «novela gráfica» me ocuparé en la próxima carta, que será la tercera y última de esta serie.
El pregón está archivado en los fondos digitales del Ayuntamiento de Barcelona. Puede leerse íntegro aquí.
Para quienes no quieran quedarse con las ganas de leerlas, dejo la referencia: Paco Roca (2022), El invierno del dibujante (8ª ed). Astiberri; y Paco Sordo (2022), El pacto (3ªed.). Nuevo Nueve.
Se la planteaba el 22 de noviembre de 2017 Rosa Matas en el diario La Vanguardia, por ejemplo: «¿Los autores de novela gráfica merecen un Nobel de Literatura?».


