El apagón
Esta entrada se limitará a pedir disculpas, pero ya que estamos...
La carta que te tendría que haber llegado hoy no es esta, sino la tercera y última de la serie sobre novela gráfica que inicié a finales de marzo. Sin embargo, por razones que quizá no hace falta que te explique demasiado si vives en España, me ha resultado casi imposible enviártela; e imposible, sin el casi, en el estado en que a mí me gusta dejar las cartas para que las leas. Si te parece, te comento muy rápidamente cómo realizo las entradas de esta newsletter, ¿vale?
Normalmente las escribo con toda la anticipación que puedo y las dejo programadas. A veces, a dos semanas vista; otras, incluso, a un mes o mes y medio. Acercándose los días 15 y 30 de cada mes, hago los reels para las redes sociales, que me gusta publicar el día antes, y le doy los últimos retoques a la carta antes de su envío. La que tendría que haberte llegado hoy no era una excepción en ese sentido, aunque reconozco que los retoques que debía darle eran mayores que otras veces. En las últimas semanas he tenido una sobrecarga de trabajo importante, e incluso algún viaje en los últimos días, de modo que iba con los plazos muy apurados.
Será un tópico en las próximas semanas y meses decir que recordaremos en el futuro lo que estábamos haciendo en el momento exacto en que se produjo el apagón. En mi caso, es fácil: estaba corrigiendo la carta de esta newsletter que tenía programada para el 30 de abril. El resto de la historia probablemente ya la sepas o la hayas visto en la prensa: más de doce horas sin electricidad, en mi caso, son un motivo contundente para que los planes se vengan abajo. Cuando el suministro volvió, me di cuenta de que ya no tenía la posibilidad, ni el tiempo, ni el sosiego necesarios para dejar la carta a mi gusto y hacértela llegar en la mejor versión posible. Bien pensado, tampoco es grave: salvo nueva catástrofe, el 15 de mayo la recibirás en mejores condiciones.
Con todo, no he querido dejar de enviarte esta breve explicación. Primero y ante todo, porque quiero que sirva de disculpa; pero también porque, más allá de cada entrada particular, comienzo a darme cuenta de que el dibujo general de una newsletter también constituye una crónica involuntaria del tiempo en que esta se escribe, de modo que no veo razón para fingir que no ha sucedido lo que ha sucedido. Si te apetece contar en comentarios qué estabas haciendo tú cuando se produjo el apagón, sería genial; si no, por favor, simplemente acepta mis disculpas. Pero te confieso que la catástrofe no me vino mal del todo: una vez acepté la idea de que no podía seguir usando el ordenador, pasé el resto de la mañana del 28 de abril releyendo un cómic que debo comentar en el mismo día en que recibas esta carta en clase con mis estudiantes y que me gusta mucho: Molly Wind. Bibliotecarias a caballo, con guion de Catalina González Villar y dibujo de Toni Galmés. Si te interesa, salió al mercado español en 2023 y lo edita Astronave, el sello infantil y juvenil de Norma. Puede considerarse una novela gráfica infantojuvenil, de hecho, porque, como veremos en la próxima entrada, cómic y novela gráfica no son términos que precisamente se excluyan. No deberían, al menos. Y sí, esta Molly Wind cuenta una historia (en este caso ficticia) que sucede en el mismo contexto que tan maravillosamente reconstruyó en 2022 Concha Pasamar en su álbum de título prácticamente homónimo: Bibliotecarias a caballo, editado por A Fin de Cuentos, una de mis editoriales favoritas que vas a ver en breve muy nombrada en esta newsletter.
Si sufriste el apagón, en fin, espero que tuvieses a mano la compañía reparadora de los libros, que esa nunca falla. También espero que fueras de aquella parte de la población (y no quiero parecer insensible: sé que no todo el mundo tuvo esa suerte precisamente) a la que la falta de electricidad le trajo los dones del tiempo y la pausa, tan escasos en nuestro siempre iluminado mundo. En fin, hablamos de nuevo en breve.




A mí me pilló en la charcutería pidiendo 100 gramos de jamón York, que no pudieron ser cortados y me inclinaron a una opción más vegetariana: un trozo de queso de cabra sin lactosa.
En mi caso, estaba estudiando y no me habría dado cuenta del apagón hasta la hora de comer si no llega a ser por la comunicación analógica (de balcón a calle) entre mi madre y mi vecina comentando los extraños sucesos. Ojalá hubiera podido servirme de excusa para dedicarme a la lectura por placer, a dibujar o a pasear. Me ha encantado ver vídeos de cómo la gente se ha volcado a la calle, socializando de maneras tan creativas, así como historias como la que aquí se comparte o la que comenta Sara Toro. En este sentido, me ha resultado interesante saber el proceso que hay detrás de cada newsletter. ¡Gracias!