Dentro del agua es difícil caerse
Razones para leer teatro infantil y, en concreto, una obra extraordinaria de Miguel Rojo.
Durante bastante tiempo he sido estúpidamente reticente a leer teatro. No estoy diciendo que fuera reacio a ir al teatro, que además me encanta, ni tampoco a practicarlo: lo hice de adolescente y, un par de veces ya, he estado a cargo de la asignatura Teatro Infantil y su Didáctica, que se oferta como optativa en el cuarto curso del Grado en Educación Infantil y su Didáctica de la Universidad de Granada, la cual es, a mi juicio, una de las mejores y más importantes materias de la titulación (materia, por cierto, que prefiero organizar a modo de taller, porque el cuerpo, si se me presenta la ocasión, me suele pedir más hacer teatro que hablar de teatro). No, no digo que el teatro no me guste. Lo que digo es que durante mucho tiempo dejé de lado la costumbre de leer textos teatrales. Hoy, sin embargo, prefiero no inventariar todo lo que mi cerrazón me habrá hecho perderme. Mejor será consolarme pensando que, de haber persistido en ella, jamás hubiera pasado por mis manos una obra tan hermosa como esta Naunet y el mar, de Miguel Rojo. Al autor madrileño le valió en su momento el Premio SGAE de Teatro Infantil 2023. Creo que no tardarán en entender por qué si se animan a leerla.

En las sugerencias que Rojo incluye al final de la obra, recuerda cierta afirmación de Borges sobre los temas, a los que el escritor argentino aludió en alguna que otra ocasión como «fantasmas hambrientos». Está claro que el autor de Naunet y el mar ha tomado buena nota: «Un escritor debe intentar abrir lecturas, ofrecer formas e historias que hagan que los lectores y espectadores imaginen. Por eso, al escribir, intento no imponer temas a la historia que quiero contar».1 Ese compromiso, que hace bueno el dicho de que la ética es la estética, se asume aquí con todas las consecuencias, sin permitirse un solo momento de descuido, porque Naunet y el mar no moraliza ni convierte a sus lectores, infantiles o no, en meros receptores de un «mensaje» didáctico, como por desgracia sucede tantas veces en quienes se adentran en la escritura de literatura infantil sin tener demasiado claras las cosas. En este caso, poética y ética son indistinguibles. Volveremos al final de esta carta sobre lo que significa esta voz tan respetuosa con las capacidades de la infancia.
Por ahora, limitémonos a señalar que, pese a todo, hay un tema al que probablemente la buena literatura nunca ha querido –ni, quizá, podido– sustraerse. Me refiero al viaje. Ya sea un bosque, un camino, la dirección de unas nubes, un trazo en las estrellas o, como en este caso, el mar, todo lo que se perfila en un espacio es simbólico en el fondo, porque no se viaja solo cuando uno se desplaza de un punto a otro, por muy lejos que vaya, sino cuando uno se deja afectar por cuanto le va saliendo al paso. Algunos monjes medievales, incansables copistas de cuanto podía ser conocido dentro de los límites del mundo, pasaban buena parte de su vida sin ir demasiado lejos, clavados como estaban a un escritorio desde el que ejercer lo que dio en llamarse peregrinatio in stabilitate, bello término, aparentemente paradójico, que no creo que necesite traducción. En un pasaje apabullante de la obra, la protagonista, Naunet, mientras prosigue su caída a las fosas abisales, hace un esfuerzo por detener el tiempo e imaginarse (es decir, verse a lo lejos) a sí misma haciendo el itinerario inverso: de las profundidades del mar hacia la superficie desde la que contempla, tumbada en la barca en la que se encontraba con sus padres antes de la caída, la vía láctea. Es un momento asombroso, créanme, que se encontrarán durante el viaje arquetípico que es en sí mismo este libro.
Porque, en efecto, como habrán intuido ya, el viaje de Naunet, tras voltear a causa de una ola la barca en la que navegaba con sus padres, es hacia el fondo del mar, hacia un mundo de «saladísima saladez salada» (p. 29). Pero Naunet, que empieza aguantando la respiración, pronto se da cuenta de que el mar no es sino la otra cara del mundo, en la que también puede habitar: «Su nombre es el de una diosa egipcia. Naunet es la diosa primigenia del vacío y de las aguas primordiales, y también del océano inferior, considerado como el cielo subterráreo» (p. 15), escribe el autor en la descripción de personajes. Así es como se va encontrando, a medida que su itinerario se hace más y más hondo, sucesivamente con Kai, un niño sireno con el que trabará amistad; con Florete, un narval que, como Naunet, ha perdido el rastro de su familia; con Freya, un mascarón de proa con forma de valkiria que fue tiempo atrás parte de un orgulloso drakar nórdico; con Dientes Dientes, un rape abisal o diablo negro que le proporcionará un primer momento de luz en la oscuridad; y, sobre todo, con el mar, que aquí no es tanto un hábitat cuanto un personaje más. Uno, además, que resulta especialmente atrayente desde su presentación: «Tengo historias que contar, cientos. Tengo miles. Millones. Desde el principio de los tiempos hasta esta mañana» (p. 27), dice esta voz ancestral que se extiende como un manto por el mundo subacuático como el aire por encima de la superficie, porque Rojo no parece temerle a la construcción de mundos complejos, y en este caso cielo y mar se contemplan y reflejan el uno al otro, en estructura geminada. En las distancias siderales, las estrellas; en las fosas abisales, la bioluminiscencia. Cielo y océano son un espejo el uno para el otro.
No les voy a desvelar lo que ocurre con la historia, pero les aseguro que Naunet y el mar es toda una proeza técnica que se acompasa bien con las ilustraciones de Cuchu, nombre con el que firma sus trabajos la ilustradora barcelonesa Sònia González. No es esto algo, eso sí, que le vaya a extrañar a quienes ya conozcan ese álbum fascinante que atiende al título de Zeta (La Uña Rota, 2021), donde Miguel Rojo y Carmen Segovia dan buena cuenta de lo que representa la tarea más difícil del mundo: la de escribir e ilustrar dando lo mejor que se tiene para niños de todas las edades, incluidos los que peinamos canas.2 Mucho me temo que quienes no leen nunca libros infantiles no acaban de ser conscientes del grado de osadía y descaro –en el mejor sentido de la palabra– técnicos que a veces se encuentra en ellos. Por mi parte, estoy convencido de que Miguel Rojo podría fabricar un reloj suizo valiéndose solo del alfabeto si se lo propusiese.
Para quien esto escribe, Naunet y el mar pertenece al orden de los libros generosos, que son aquellos en los que los autores ponen lo mejor de su oficio sin imponer nada a los lectores. El final de la obra es tan sugerente que, créanme, se les quedará en la memoria durante mucho tiempo, porque no es verdad que los libros duren lo que se tarda en llegar a la última página. No, al menos, los libros como este, con los que la conversación está destinada a prolongarse. Ojalá abundase más esta mirada limpia con la que Miguel Rojo se dirige al lector infantil en las sugerencias de lectura que incluye al final de la obra:
«Puede que esta obra te haya parecido demasiado seria. Es cierto, tienes razón. Creo que es importante contar historias que hablen sobre el mundo en que vivimos. Es porque creo en ti, en tu fuerza y coraje, que me atrevo a escribir estas historias difíciles» (pp. 106-17).
No temamos nunca enfrentarnos a ellas, ni tampoco ponerlas en el camino de la infancia. Mil veces preferible a eso será siempre propiciar que esta se sumerja en los entramados complejos, que son los que calman su sed de lenguaje. Al fin y al cabo, como le dice Kai, el niño sireno, a su amiga Naunet: «Dentro del agua es difícil caerse» (p. 48). Tan difícil como fácil es quedar atrapado para siempre en esta maravillosa obra. Que nadie nos rescate nunca de cosas como Naunet y el mar, por favor.
Miguel Rojo (2024), Naunet y el mar. Anaya & Fundación SGAE, p. 103. En adelante, tras cada cita de la obra, me limitaré a poner el número de página entre paréntesis.
En el momento de redactar esta carta, todavía no he podido leer Ramona Ratona Rotonda, el otro álbum que el autor ya ha sacado a la luz, en esta ocasión junto a la ilustradora Martina Trach, publicado este 2025 también por La Uña Rota. Si bien se trata de una carencia por mi parte, que probablemente haya paliado ya cuando leas esto, también es cierto que es de esas lecturas que se esperan con ilusión. Confieso que me encanta saber que está ahí esperándome.


