Concha Pasamar o la naturaleza de Melusina
Una reseña de Melusina o La naturaleza de las hadas, de Concha Pasamar.
En las palabras finales a este recién aparecido Melusina o La naturaleza de las hadas (Bookolia, 2025), la autora, Concha Pasamar, escribe lo siguiente: «Late, pues, en el libro que ahora sostienes, la niña que aún me habita, dispuesta a seguir dibujando hadas, caballeros y dragones tanto tiempo después».1 Mucho antes de llegar yo a ellas, cuando apenas había terminado el segundo capítulo, un inevitable compromiso familiar me arrancó de la lectura, obligándome a posponerla durante varias horas. Estas, huelga decirlo, se me hicieron eternas, porque lo peor que puede pasarle a un lector entregado es que lo expulsen del lugar donde se encuentra, ya no con la persona que es, sino incluso con las personas que fue. Y ese, sin duda, estaba siendo mi caso.

Mientras leía esta belleza de libro volvía a ser el niño que siempre tuvo más sed de fantasía que condiciones a su alrededor para saciarla; también el joven que, en mitad de su veintena, dedicaba incontables horas de su vida a intentar descifrar las claves extrañas, siempre ajenas, pero siempre atrayentes, de los textos medievales. Lo declaro como agradecimiento, con la conciencia de que solo en contadísimas ocasiones un libro me ha mostrado el camino de vuelta a esos territorios que tanto amé. Que tanto amo, en realidad. Pero hasta aquí el abuso de confianza autobiográfico.
¿Qué puedo escribir sobre Concha Pasamar y sobre su obra? Alguna vez le he dicho a la autora, persona cálida, persona querible, que como lector me cuesta seguir su ritmo de producción desde hace un tiempo. Baste pensar que justo en este momento se encuentra presentando en sociedad dos libros: esta Melusina y el que ha hecho como ilustradora junto a otro grande, como lo es Alejandro Pedregosa, sobre la figura felizmente rescatada de María Goyri. Creo que a Concha Pasamar le he debido alguna que otra reseña durante estos años que, por desgracia, mis obligaciones profesorales han acabado sepultando entre un sinfín de quehaceres menos gratificantes.2 Eso no significa, sin embargo, que haya dejado yo en ningún momento de tomar nota (y, sobre todo, notas) de algunas de las claves que van conformando un trabajo ya imprescindible en el panorama de la LIJ española. Aunque sería muy largo enumerarlas ahora todas ellas, hay dos que me parece oportuno, por lo menos, mencionar.3
En primer lugar, cuando hace cuatro años llegó a mis manos el precioso volumen Romances de la Rata Sabia (Bookolia, 2021), en colaboración con Paloma Díaz-Mas, algún que otro cliché se me empezó a venir abajo. Por ejemplo, el que establece que la literatura española, frente a otras más reconocidas a ese respecto como la inglesa, no ha producido históricamente un corpus de literatura infantil. Cada vez estoy más convencido de que no es tan así, solo que dicho filón no hay que buscarlo por estos lares tanto en el desarrollo temprano de una industria editorial cuanto en nuestra vasta tradición oral. Que hay algo en la obra de Concha Pasamar que apunta en esa dirección lo refuerza, creo yo, el que se recurriese a ella para ilustrar el delicioso Puer Poeticus (Kalandraka, 2023), cancionero infantil compilado por Antonio Rubio. Era una elección que solo puede verse como algo natural, dada su trayectoria. En segundo lugar, cuando no ejerce de autora completa, Concha Pasamar tiene el empaque suficiente para ponerse a dialogar de tú a tú con los grandes. Su Caperucita roja (Bookolia, 2024), que sigue el texto de Charles Perrault y además muestra hasta qué punto la sintonía con un sello editorial concreto va como la seda (me refiero a Bookolia, por supuesto), constituye una de las versiones más impresionantes que se hayan hecho nunca del cuento, amén de una de las mejor y más inteligentemente editadas. Parecería fácil, si no fuera porque se trata quizá del relato más versionado e ilustrado de la historia. Cualquiera podría haber hecho el ridículo metiendo sus manazas en esos pegujales, pero Concha Pasamar, cada vez que se pone a ello, siembra y cosecha delicadeza como si tal cosa.
Ambos rasgos, es decir, conocimiento de la tradición y buena mano a la hora de remozarla, están también aquí, en esta Melusina o La naturaleza de las hadas. Con sinceridad, no creo que haya muchas personas que se encuentren con este libro que puedan dejar de reconocer ahora mismo que Concha Pasamar ha llegado con él a un grado de madurez que la sitúa entre los referentes indiscutibles de su oficio, además de convertirla en la portadora de una de las voces más singulares.4 Vivimos en un tiempo que ha visto surgir, al amparo de los movimientos feministas de las últimas décadas, una suerte de mistificación de la figura de la bruja, como se cuenta en este muy recomendable artículo de Iris de Benito Mesa. La figura del hada, sin embargo, no parece haber corrido la misma suerte. Y no es que no se prodigue precisamente. Llevamos por lo menos un cuarto de siglo de permanente renacimiento de la alta fantasía tanto en el campo cinematográfico como en el literario, esto es, llevamos por lo menos un cuarto de siglo viendo desde la distancia a las hadas, pero me temo que no tienen estas la costumbre de salir de vez en cuando de su mundo para andar entre nosotros, pese a estar «siempre deseosas de enredar su existencia con la simple vida humana» (p. 8). Quiero decir que su implantación en el imaginario político popular o su capacidad para simbolizar las subjetividades propias del siglo XXI son, a diferencia de lo que sucede con el poder vinculante de la figura de la bruja, prácticamente inexistentes. O existentes solo en el negativo de la razón histórica, porque si las hadas simbolizan algo, me temo que no es otra cosa que la confianza ingenua en las soluciones milagrosas o en la benevolencia protectora, cuidadora, de la mitad de la población (el «hada madrina», esa forma de exaltación de la abnegación femenina que hemos echado como una losa encima a las mujeres).
Desde ese punto de vista, que esta Melusina se titule también La naturaleza de las hadas no me parece chico detalle. Sé que la etimología es incierta, pero creo que no necesito que se corrobore al cien por cien para que la lógica que voy a exponer deje de estar ahí, funcionando de fondo a través (o no) del nombre: fata es el plural del latín fatum, ‘destino’. Frente a una concepción monista y unidimensional de los destinos humanos (los humana fata), siempre tan inciertos, nada simboliza mejor la pluralidad y la heterogeneidad contradictoria del mundo que habitamos que la naturaleza dual de las hadas. Estas pueden prodigar amor o ira, como sucede con Melusina y con su madre, Presina. Pueden bendecir y pueden maldecir. Pueden proteger y pueden hundir en la desgracia a los mortales y a ellas mismas. Pueden las hadas obrar grandes prodigios y, a la vez, dejar una huella de imperfección en todo cuanto proviene de ellas. Así sucede, por ejemplo, con los hijos de Melusina y Raimondín, bellos y lastrados por alguna anomalía física al mismo tiempo, capaces de recibir la vida y de otorgar la muerte.5 Así sucede, por ejemplo, con la fabulosa fortaleza de Lusiñán que Melusina construye, gloria y decadencia de su estirpe. Así sucede, por citar otras historias mejor conocidas por el común, con la calabaza, los ratones y los ropajes devenidos en carroza, cocheros y vestido de princesa respectivamente en Cenicienta, que con todo su relumbrón no logran superar el salto de la aguja del reloj al incierto vacío de la medianoche.
En las hadas, azar y destino no parecen términos del todo contradictorios, pues la pregunta que cabe hacerse con respecto a ellas es esta: «¿Cómo eludir la mano de Fortuna, que hace girar la rueda a su capricho?» (p. 68). Mas no es la suya una historia desconocida dentro del friso de los grandes relatos fundacionales, incluso de los que ya conocíamos antes de la Edad Media. La diosa Tetis, por ejemplo, ninfa del mar, tiene un hijo con el mortal Peleo: el famoso Aquiles. Sumergido este por su madre en las aguas de la laguna Estigia para otorgarle la inmortalidad, en el propio prodigio quedará inscrita asimismo la marca de la desgracia, pues el talón vulnerable desde el que lo agarra, que no se moja, sellará para siempre su destino como mortal. O, mejor dicho, uno de sus destinos posibles, pues Tetis le vaticina a su hijo sendas posibilidades para llegar al fin de sus días: una pasa por llevar una vida llena de comodidad y riquezas, por tener descendencia, por ser amado y recordado por sus hijos y los hijos de sus hijos hasta que su nombre se vea sepultado para siempre por la arena del tiempo; la otra, por partir a Troya, por combatir como el mejor y más valeroso de los guerreros griegos, por brillar y por morir joven, dejando un nombre que ser recordado para siempre en virtud de su gloria. En cierta manera, lo mismo sucede con el vaticinio que Presina le augura a su hija Melusina, pues las hadas, con diversos nombres, han esparcido su palabra desde las soleadas costas de la Antigüedad a los brumosos bosques de Ávalon.
Esa dualidad que las caracteriza lo define todo. Y, sin duda, lo que hace de este libro algo diferente es que nos trae a las hadas de vuelta al reino prosaico de los mortales, donde hace tiempo las echábamos de menos. Hasta en su propia forma es un libro feérico, porque en el texto, bellísimo, como bellísimas son las ilustraciones (de sabor quattrocentista, pero grabadas a partir de briks de zumo, según ha contado la propia Concha Pasamar), descolla también esa dualidad sin la cual no se explica la naturaleza de las hadas. Como buena filóloga que es, la autora ha sabido insuflarle al libro un aire al estilo medieval de la novela de 1393 de Jean d’Arras que versiona, consiguiendo que resuenen ahí, entre otros, los ecos de los Lais de Marie de France, de los romans de Chrétien de Troyes o de la literatura caballeresca castellana del siglo XV; pero, a su vez, como buena narradora, el texto no deja de ser prosa del siglo XXI trabajada al milímetro. Tal cual ha sucedido tantas veces en los clásicos de la literatura infantil, la autora cuenta que la historia, antes de ser un libro, fue durante años un relato oral que le contaba a sus hijos. Cualquiera puede comprobar que hoy el texto no solo se lee bien, sino que ademas se escucha y suena bien. Léase en voz alta y se apreciará lo que digo.
Nada me gustaría más que el que esta carta sirviese para despertar en los lectores y lectoras de esta newsletter un deseo irrefrenable de hacerse ahora mismo con Melusina o La naturaleza de las hadas, de Concha Pasamar. Si, entre los muchos menesteres de los trabajos y los días, uno se empeña en encontrar un ratito para pasar la lupa sobre el mapa cada dos semanas, ello se debe precisamente a la particular forma de alegría que le produce el poder rendirse ante libros tan hermosos como este.
Concha Pasamar (2025). Melusina o La naturaleza de las hadas. Bookolia, p. 93. En adelante, cada vez que cite el texto, me limitaré a poner el número de página entre paréntesis.
Por cierto, las mismas obligaciones que, por fortuna y sin que yo tenga la menor idea de cómo lo consigue, ella ha logrado que no le pongan límite a sus trabajos como autora e ilustradora, dado que es profesora universitaria, como servidor. Doy por hecho, como se dice en esta pequeña summa sobre las hadas, que tampoco ella, pudiendo mucho, lo puede todo. Ahora, si bien no digo que esa carencia no la sufra, sí afirmo que la disimula mejor que nadie que yo conozca.
También empieza a ser ya muy difícil enumerar toda la obra de Concha Pasamar, de modo que ruego que no se entienda que los títulos que voy a nombrar explícitamente constituyen un intento de inventario ni nada por el estilo. Me limitaré a aquellos que ejemplifican lo que digo, si bien aclaro que no son pocos los que no se nombran y me son igualmente queridos. Felizmente, nada me impedirá volver a dedicarle alguna que otra entrada en esta newsletter a la autora en el futuro.
Mi percepción es que, poco a poco, a fuerza de trabajo y amor al oficio, se ha ido convirtiendo en una maestra y que se ha ganado con creces ocupar ese lugar.
Y así sucede con la propia Melusina con respecto a Raimondín, de quien es «causa de sus mayores alegrías y de sus penas mayores» (p. 7), si bien cabe puntualizar que es una transgresión masculina, una ruptura de la promesa hecha, la que acaba por precipitar el sino fatídico de la pareja.



Otra vez nos vuelves a poner deberes gozosos, Juanito. ¡Mil gracias!